‘Mi gran noche’ será el nombre del tour con el que el artista volverá a visitar numerosos países en 2013
La nueva imagen de gira de Raphael es una réplica actual de un cartel de 1968. La fotografía ha sido realizada por José Luis Tabueña. Próximamente se anunciarán las primeras fechas confirmadas del tour ‘Mi gran noche’.
A las puertas de Nochebuena, Raphael ha vuelto esta noche a "casa" en sentido físico y metafórico, pues ha cerrado en Madrid la gira que certifica su reencuentro con el "sastre" de sus temas más antológicos, Manuel Alejandro, repasando además 50 años de carrera que lo han convertido en icono pop.
Llegado del mismísimo Palacio del Kremlin de Moscú, el de Linares (Jaén) ha querido clausurar aquí un tour que comenzó meses atrás también en la capital, en concreto en su escenario fetiche, el del Teatro de la Zarzuela.
"Les quiero decir que después de tantos meses de gira y tantos conciertos, es un placer terminar aquí, en mi casa", ha dicho para regocijo de los más de 6.000 asistentes congregados hoy en el Palacio de los Deportes.
"Puede ser mi gran noche", cantaba en el primero de los temas, como si no hubiese vivido ya suficientes veladas triunfales y no supiese, al entrar con paso decidido al escenario y con el público en pie, que esa partida estaba ganada de antemano, sobre todo tras la segunda parte de las casi tres horas de concierto ofrecidas sin apenas respiro.
A sus 69 años mantiene el tipo y suficiente poderío vocal, pero Raphael se ha convertido en un símbolo por encima de valoraciones a la excelencia vocal.
Su gente va a verle por lo que representa, por su oficio, por lo que canta, por la energía, por disfrutar de su conocido bagaje de histriónicos "tics", por su meneo de caderas y esos requiebros engolados en la voz, con esa forma de apretar y alargar las vocales finales, dándoles aire cuando parecen a punto de extinguirse.
Su último show se ha articulado en bloques bien diferenciados, con una primera parte en la que, después de acometer "Cantares", ha querido recordar la razón de esta última gira con uno de los temas que le compusiera Manuel Alejandro, "Yo sigo siendo aquel".
"Yo sigo siendo aquel. ¿No lo ven? El Raphael de siempre", remarcaba al final de su interpretación el artista, que ha tratado de subrayar esa misma impresión en los minutos previos al concierto con unas icónicas imágenes suyas sacadas del baúl de los recuerdos.
El siguiente bloque ha sido el de sus orígenes, el de los ritmos guatequeros con los que comenzó en 1960, cuando había que evadir la censura a base de "canciones blancas" como "Mi cupido", "Casi casi", "Todas las chicas me gustan", el twist de "A pesar de todo" y, finalmente, "Poco a poco".
Raphael maduró y, diez años después, el protagonista del film "Sin un adiós" quiso darle una vuelta a sus temas para hablar "de amores, desamores y desencuentros" con temas como el que daba título a esa película de 1970, uno de sus favoritos, ha reconocido.
"Preferí la gloria a una vida sin sentido, aunque no es de rosas el camino hasta llegar", ha cantado en "Cuatro estrellas", uno de los nuevos temas extraídos de "El reencuentro", su último disco, que ha protagonizado el siguiente bloque con piezas como el single "Eso que llaman amor" o "Sexo sentido".
A partir de entonces ha comenzado a agitarse realmente el público, al llegar a lo que él llama "las joyas de la corona", véase "Hablemos del amor", "Desde aquel día", la cáustica "Naturaleza muerta" o "Maravilloso corazón".
En el episodio de las versiones ha incluido temas recientes como "La fuerza del corazón" de Alejandro Sanz, con otros clásicos que incluyó en su anterior producción, dedicada al tango, el bolero y la ranchera, como "Adoro" de Armando Manzanero, "Volver", intercalando su voz con la grabación de su intérprete original, Carlos Gardel, y "Gracias a la vida", título que -según ha dicho- se ha convertido en el "leit-motiv" de su vida.
Raphael ha querido tener un detalle con el público, que pedía insistentemente "El tamborilero", y así ha ofrecido también un pequeño aparte con temas navideños sin olvidar ese mítico villancico, cantado a capella.
Después ha llegado el apogeo del espectáculo, ya en el tramo final, poniendo en pie a la gente con su faceta más teatral, grandilocuente y desencadenada gracias a "En carne viva", "Escándalo", "Ámame", "Qué sabe nadie", "Balada triste de trompeta", "Como yo te amo" y el colosal remate de "Yo soy aquel", claro envite de esta leyenda al paso del tiempo.
I.L.H. / Burgos - domingo, 16 de diciembre de 2012
Cerca de 3 horas de concierto y más de 30 canciones sirvieron para comprobar que sigue siendo el mismo. El cantante llenó el Fórum para repasar temas míticos e interpretar los nuevos de su compositor fetiche
Hoy para mí es un día especial, hoy saldré por la noche... Con esa letra, y ante un público que le recibió de pie, Raphael salió al escenario prometiendo que aquella iba a ser una «gran noche». Y durante dos horas y media seguro que lo fue para quienes llenaron prácticamente el aforo del Fórum. Será, será esta noche ideal que ya nunca se olvida... Ya juzgar por la entrega del público -que en las primeras filas se levantaba con cada canción-, el reencuentro con el cantante compensó los 60 euros de entrada (la más cara). Vestido, por supuesto, de riguroso negro, el artista apareció en el escenario arropado por una banda (guitarra, bajo, piano, órgano y batería) y una escenografía con escaleras luminosas, focos de colores y pantalla de vídeo que rememoraba décadas pasadas. Una forma de reafirmar que sigue siendo el Raphael de siempre, como se encargó de recordar al interpretar Yo sigo siendo aquél. Porque Raphael ha evolucionado en estos cincuenta años de música sin dejar de ser quien es: un cantante con una voz que cierra la boca a cualquiera, pero también un artista que sabe hacer sonreír al respetable con los gestos que le caracteriza: el balanceo del brazo derecho, el giro hacia el fondo del escenario cual persona enfadada o el movimiento de la mano con ese gesto de roscar bombillas. Sigue siendo aquél que cantó en Eurovisión y en el Festival de Benidorm en los años 60 o el de las películas de Cine de Barrio y aquél que digan lo que digan -póngale música a esa frase que, como canción, el artista dijo era «la cumbre del pop»- sigue arrastrando fans de todas las edades, llena auditorios y hace que la gente se ponga de pie antes, durante y después de dos horas y media de música en directo. Y al despertar ya mi vida sabrá algo que no conoce. El secreto de su éxito siguió desvelándose con las canciones con las que inició su carrera. Porque, tal y como recordó ayer en Burgos, Mi gran noche o Digan lo que digan no fueron sus comienzos. «Empezó antes. En 1960 y con mi compositor fetiche, Manuel Alejandro. Había que pasar la censura y aquellas canciones eran temas blancos que interpretaba un chico de 15 ó 16 años. La primera que me escribió fue Tu cupido». Así fue contando y cantando su carrera artística: la primera que interpretó en el cine (Ella), las de amor y desamor, las que incluían ritmos como el twist... Hasta que, en un momento dado, dio paso a los nuevos temas que Manuel Alejandro ha escrito para él: Enfadados, Eso que llaman amor, Cuatro estrellas o Sexo sentido. Descubriré que el amor es mejor cuando todo esta oscuro... A continuación interpretó las ‘joyas de la corona’, temas como Estuve enamorado, Desde aquel día o Y fuimos dos. Minutos antes había reconocido sentirse «encantado de estar en Burgos», y el público con sus aplausos interrumpiendo las canciones hizo que no se arrepintiera de venir. Para el final del concierto dejó temas ineludibles en una cita con el Raphael de siempre. Escándalo o Qué sabe nadie fueron despidiendo una noche que para muchos sirvió para evadirse de los problemas. Olvidaré la tristeza y el mal y las penas del mundo. Y escucharé los violines cantar en la noche sin rumbo...
El cantante impone su poderío escénico en el palacio Calatrava con un concierto cantado y contado que encandila al público
JAVIER BLANCORaphael puede con todo. Su presencia ya es motivo de alborozo y de reverencia del público, puesto en pie antes de sonar la primera nota. El cantante tapó incluso una ligera reverberación sonora producto de esos equilibrios que en todo concierto hay que ir haciendo a medida que avanza. Raphael apareció ayer en el palacio de Calatrava de negro, como es su costumbre desde hace más de cincuenta años. Se oían las notas instrumentales de «Yo soy aquel» y rápido asomó aquello del «Día especial, qué pasará qué misterios habrá» de «Mi gran noche». Todo captado por el público al instante. Y es que, como contó el cantante a este periódico, su repertorio es impresionante. Una retahíla no sólo de éxitos, sino de piezas que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Antes de dirigirse al público sorprendió gratamente con «El caminante...», de Serrat. Y, al más puro estilo Raphael, hizo un guiño al público con «Sigo siendo aquel, el Raphael de siempre», lo que, una vez más, provocó el entusiasmo popular.
No hay respiro con esta voz poderosa que se adapta a registros varios. Así que sacó a pasear «La noche», aquella que tantas veces se oyó en otras versiones.
Con el show en marcha, Raphael ya empezó a mantener sus charlas con el público, a explicar las canciones, sus distintas épocas y su reunión, de nuevo, con Manuel Alejandro, su compositor «fetiche». Canciones blancas de la primera época. El twist, que le pilló en plena moda, o baladas cargadas de sentimiento. Ya fue todo un goteo interminable que disparaba desde todos los ángulos y desde todas la posiciones escénicas (había una pequeña plataforma por la que subía y bajaba). Sonaba «Digan lo que digan» y otras. Raphael iba cantando y contando la historia de sus piezas y de su vida artística. Salía «Hablemos del amor» guiños a los «Beatles» (en la intro de «Estuve enamorado de ti», que concluyó con un sentido «De ti ¡i, i, i, i, i, i, i, i, i, i, i, i..!», amagos de rapeos, más bien finos diálogos, que terminaban en una capella o un toque de swing que, como en otras ocasiones, puso en pie al personal para acompañar con palmas. Incansable durante una larga y generosa sesión, Raphael interpretó su historia, su reencuentro con Manuel Alejandro, aplaudió y fue aplaudido, dejó una buena representación de su personalísima gesticulación (entradas y salidas de escena, bailes, movimientos corporales, mano arriba...). Gustará más a unos que a otros, pero nunca disgusta. Un profesional, un poderoso de la escena.
Raphael puso el Cervantes boca abajo en una noche de gloria
La salida de Raphael al escenario es ya una fiesta, el momento exacto en que el pájaro descubre que la puerta de la jaula está abierta. Suenan los acordes de Como yo te amo y el Teatro de Cervantes se pone en pie por primera vez. Lo hará muchas más veces a lo largo de las más de dos horas (¿tres?) en las que transcurrirá la velada. Es más, el patio, las plateas, palcos y gallineros llorarán, se estremecerán, se pondrán boca abajo, una y mil veces, basta un gesto de este hombre, tremendamente familiar, cuántas veces, al cabo, ha estado en el salón de casa, cuántas veces lo hemos visto en este mismo teatro, y la liturgia se repetirá incesante, todo el mundo arriba, la gloria, los piropos, el delirio. Es un síndrome que afecta a personas de toda condición: señoras de visón y permanente alzada en la cabeza como estandarte de clase, caballeros de chaqueta de pana y pose de esto no va conmigo yo he venido con mi mujer pero qué voz Dios mío qué voz, matrimonios con el alma en vilo que comprueban el teléfono cada cinco minutos, la canguro no llama, todo está en orden, parejas de novios que se dan el capricho, gafapastas que descubrieron al fin la manera de parecer insobornablemente interesantes ante sus atónitos compañeros de facultad, enfermos de nostalgia, enfermos de contradicción, enfermos, diantre, de un rato de libertad. Entra Raphael, no lo había hecho hasta ahora en realidad, canta Mi gran noche, no va a tomar prisioneros, no hace falta, la guerra está ganada de antemano. La banda que le acompaña es de órdago: Juan Pietranera (piano y dirección musical), David Pérez (teclados), Ezequiel Navas (batería), Javier Muñoz (bajo) y Juan Guevara (guitarra). Todo suena preciso, perfecto, brillante al detalle, por más que ecualizar la voz de este hombre sea todavía una tarea de titanes. Llega Cantares, y Machado es un mundo que tiembla en la garganta. Yo sigo siendo aquél, vaya que sí. Y Digan lo que digan, y acaso nunca, nunca esta canción ha tenido tanto sentido. Y el ejército se entrega plácidamente a la derrota.
Raphael brindó ayer en el Cervantes la primera de las cinco noches consecutivas que el artista ha decidido plantar en Málaga dentro de su gira Lo mejor de mi vida. Y lo mejor, otra vez, es comprobar cómo se resuelve medio siglo de esa vida, de ese oficio, en un escenario: con una honestidad que el público recibe como un regalo. No hubo un momento de impostura, ni una escena de cara a la galería, sólo música y más música, esa trayectoria ligada a Manuel Alejandro, desde los primerísimos temas felizmente rescatados (Tú,Cupido, Casi, casi, Todas las chicas me gustan) hasta los del disco que ha vuelto a reunirlos recientemente: quiso Raphael un ángel en su bolsillo y terminó metiéndose a todo el público. Entre y uno extremo, qué quieren que les diga: el Raphael puro espectáculo, el romántico, el funk, el swing, por las alturas y con proyecciones: Ella ya me olvidó, Eso que llaman amor, Hablemos del amor, Estuve enamorado (guiño a Day tripper incluido), Desde aquel día, A pesar de todo, Sexo sentido, Cuando tú no estás, Maravilloso corazón (coreada, con qué gusto, por todo un teatro que parecía recuperar cierta ilusión perdida), Y fuimos dos (uno de los mejores momentos de la noche), Adoro, Payaso... Y quién sabe cuánto más. Todo. Inolvidable.